viernes, 29 de mayo de 2020

Los amantes de Santa Anita


¿Era el nuestro un romance imposible? Los dos viajábamos siempre en diferentes direcciones, con diferentes tiempos y personas y, sin embargo, volvíamos a encontrarnos de vez en cuando. Nunca por casualidad, siempre con intensión y deseo. Volvíamos a mirarnos, escucharnos y besarnos sabiendo que después cada uno regresaría a su viaje.

Aquel sábado caminamos a través de unos solitarios y enrejados pasillos hasta llegar al departamento. No recuerdo el piso ni el número, pero sí recuerdo que estaba prácticamente vacío. Era un espacio a medio habitar así que fuimos directamente a la terraza donde el sol naranja del atardecer acompañó nuestro encuentro.

Hablamos de cosas que ya no recuerdo. Creo que él me veía como un ser completo y yo lo veía por partes: su cabello alborotado, sus lentes obscuros, su nariz –grande pero bonita, sus labios mientras hablaba y sonreía.

Nos tomamos todo con calma, teníamos todo el fin de semana solo para nosotros. –Me encanta que hayas traído tantos condones, dijo mientras reía al verme sacar mis cuadernos y lápices de la maleta.

-Canta algo para mí, le pedí y me recosté sobre sus piernas.

Definitivamente fue ese momento, de entre todos nuestros encuentros, en el que sentí esa luz cálida recorrer mi piel y mi respiración. Fue ese momento donde todo se volvió perfecto. Sus piernas bajo mi cabeza, su mano acariciando mi cabello, la obscuridad de la habitación y los últimos rayos de sol intentando atravesar la cortina blanca con hojas azules. Mis ojos se entrecerraron mientras él cantaba L’heure exquise. Su voz ocupó todo el espacio y entró en mí. Entonces, el universo éramos únicamente él y yo. El caos del origen al fin volvía a un orden perfecto. Éramos un mar inmenso de agua turquesa con olas que se movían al ritmo de su voz y la arena de una playa, la única playa, acariciada suavemente por las olas.

-Dibújame, pidió él. Abrí los ojos, volví a mi cuerpo, aunque seguía mirándolo y disfrutándolo en partes. Su voz dando vueltas como las hojas al caer de un árbol, su espalda y mis labios en ella, su cara y nuestros ojos encontrándose. Miré entonces sus manos, que continuaban más allá de la obvia extensión física. Eran fuertes pero suaves. Sabías que eran las manos de un artista cuando veías el movimiento de sus dedos y la fuerza de su sangre recorriendo sus venas.

Ese es nuestro momento sellado. Como los personajes dentro de una esfera de nieve. El recuerdo que puedo invocar cada vez que cierro los ojos y pienso en él. ¡Qué importa si después volvimos a compartir el universo con el resto o si definitivamente no volvíamos a encontrarnos! Allí estamos para siempre, en esa habitación, en su voz, en su silueta frente a la cortina y en el dibujo de sus manos.

Los amantes de Santa Anita / Tinta y fineliner sobre papel canson / 17.7 x 12.7 cm / 2020

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